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Cuando él también pasó por este bendito martirio y se murió en la olla donde lo habían aventado, pasó al frente el séptimo, que era el más chico de todos.
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Al tirano le dio lástima, y aunque sus hermanos le habían dicho cosas terribles y lo habían dejado en vergüenza,
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al verlo ya lleno de cadenas, lo mandó acercar y trató de aconsejarlo, diciéndole:
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“Ahí tienes cómo terminó la locura de tus hermanos, todos se murieron torturados por desobedientes. Si tú desobedeces, después de que te atormenten de la peor manera, también te vas a morir antes de tiempo.
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Pero si obedeces, vas a ser mi amigo, y te voy a dar un puesto importante en mi gobierno”.
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Después de decirle esto, mandó llamar a la mamá del muchacho, pensando que si le mostraba lástima por haber perdido a tantos hijos, a lo mejor la convencía de que, con tal de salvar a este último, hiciera que el sobreviviente le obedeciera.
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Pero el muchacho, después de que su mamá le dio ánimos hablándole en hebreo (como les vamos a contar más adelante), dijo:
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“Suéltenme para que pueda platicar con el rey y con todos sus amigos”.
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Ellos se pusieron felicísimos al escuchar lo que el muchacho prometía, y lo soltaron rápido.
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Y él, corriendo hacia los sartenes de tortura, dijo:
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“Tirano malvado, el peor de los blasfemos, ¿no te dio vergüenza que, después de que Dios te dio prosperidad y un reino, te pusieras a matar a sus siervos y a despedazar a los que hacen el bien?
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Por eso mismo, la venganza divina te tiene apartado para el fuego y los tormentos eternos, y no te los vas a poder quitar de encima nunca.
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¿Acaso no te dio vergüenza, siendo humano pero portándote como un salvaje, cortarle la lengua a hombres que sienten igual que tú y que vienen del mismo origen, y abusando así, ponerte a torturarlos?
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Pues ellos se murieron como los valientes, y le cumplieron a Dios con su religión.
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Pero tú vas a llorar y a quejarte como te mereces por haber matado nomás porque sí a los grandes defensores de la virtud.
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Y por eso mismo —siguió diciendo—, yo que ya estoy a punto de morirme,
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no voy a dejar solos a mis hermanos.
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Le pido al Dios de mis antepasados que tenga compasión de mi gente.
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Pero a ti te va a castigar, tanto vivo como muerto”. Después de orar así, se aventó de cabeza a los sartenes hirviendo, y ahí quedó.