1
Después de esto, un día festivo del Señor, estando preparada una buena comida en casa de Tobías,
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dijo este a su hijo: “Vete y trae aquí algunos de nuestra tribu, temerosos de Dios, para que coman con nosotros.”
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Se fue (el hijo), y cuando volvió, contó cómo uno de los hijos de Israel, que había sido matado, yacía en la plaza. Al instante se levantó (Tobías) de la mesa, y dejada la comida, sin probar bocado, fue adonde estaba el cadáver,
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cargó con él y lo llevó secretamente a su casa, para darle sepultura cautelosamente, después de puesto el sol.
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Ocultado el cadáver, comió el pan entre lágrimas y temblando;
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pues se acordaba de aquellas palabras que el Señor había dicho por el profeta Amós: “Vuestros días festivos se convertirán en lamentos y luto.”
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Puesto ya el sol, fue y le dio sepultura.
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Reprendíanle entonces todos sus parientes, diciendo: “Precisamente por esto se dio la orden de quitarte la vida, y apenas escapaste del poder de la muerte; ¿y ahora vas nuevamente a enterrar los cadáveres?”
9
Pero Tobías, temiendo a Dios más que al rey, robaba los cadáveres de los que habían sido muertos, los escondía en su casa, y a medianoche los enterraba.
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Un día, después de volver a su casa fatigado de enterrar, se echó junto a la pared, y se adormeció.
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Mientras dormía, le cayó de un nido de golondrinas estiércol caliente sobre los ojos, y se quedó ciego.
12
El Señor permitió que le sobreviniese esta prueba, para que, como el santo Job, diera a los venideros un ejemplo de paciencia.
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Pues, como desde su niñez vivió siempre en temor de Dios, guardando sus mandamientos, no se quejó contra Dios por la desgracia de la ceguedad que había venido sobre él;
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sino que permaneció inquebrantable en el temor de Dios, dándole gracias todos los días de su vida.
15
Así como los reyes insultaban al santo Job, del mismo modo los parientes y los amigos se burlaban de la conducta de Tobías, diciendo:
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“¿Dónde está tu esperanza, por la cual hacías limosnas y dabas sepultura a los muertos?”
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Mas Tobías los reprendía, diciendo: “No habléis de esa manera.
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Porque nosotros somos hijos de santos y esperamos aquella vida que Dios ha de dar a los que le sirven fielmente.”
19
Ana, su mujer, iba todos los días a tejer, y traía el sustento que podía ganar con el trabajo de sus manos;
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y así sucedió que trajo a casa un cabrito que había recibido.
21
Su marido, al oír el balido del cabrito, dijo: “Mirad que no sea acaso hurtado; restituidlo a sus dueños; porque no nos es lícito comer cosa robada, ni siquiera tocarla.”
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A lo que su mujer, irritada, respondió: “Es evidente que ha fracasado tu esperanza; ahora se ve el fruto de tus limosnas.”
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Con estas y otras semejantes palabras, lo zahería.